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¿Para qué sirve una prueba de corrección? (y los límites que tiene)

  • Foto del escritor: Marian Viladrich
    Marian Viladrich
  • 21 may
  • 4 min de lectura


Pedir una prueba de corrección antes de aceptar un manuscrito es una práctica habitual entre profesionales, aunque desde fuera a veces parezca simplemente una cortesía o una demostración del servicio. Yo siempre la propongo, sobre todo con autores con los que no he trabajado antes o incluso con aquellos con los que ya he colaborado, pero ha pasado un tiempo desde la última vez que vi un texto suyo.


Las páginas de prueba cumplen una función muy importante: nos permite a los profesionales hacer una primera valoración de tu texto y nos ayudan a decidir si tu manuscrito está preparado para entrar en la fase de corrección y en qué condiciones debería hacerse.


La prueba me sirve para detectar el nivel general de escritura, el grado de intervención que probablemente necesitará tu texto y el tipo de dificultades que pueden aparecer durante el proceso. No se trata únicamente de localizar errores ortográficos o gramaticales, sino de observar cómo está escrita tu novela. Enfrentarse a una novela completa sin haber visto antes una muestra, para mí, implicaría empezar a trabajar a ciegas.

 

 La prueba de corrección también es útil para ti (el autor)

También hay algo importante que muchas veces se pasa por alto: las pruebas no benefician solo al corrector. Para ti es una buena forma de comprobar cómo trabaja la persona a la que vas a confiar tu novela. Puedes ver el tono de las observaciones, el nivel de detalle de la intervención y la manera en que trata tu texto. Y eso es fundamental, porque la corrección no es un proceso puramente técnico. Los correctores de textos no somos profesores de la ESO con el boli rojo buscando faltas de ortografía. Somos profesionales que colaboramos contigo para pulir tu obra. Debe haber una relación de confianza detrás y necesitas sentir que tu obra está en buenas manos y que las sugerencias respetan tu intención y tu voz, pero también que la revisión va a ser minuciosa y rigurosa.


Precisamente por eso las pruebas resultan tan útiles. Funcionan como una primera toma de contacto entre ambas partes y ayudan a evitar muchos malentendidos antes de empezar. Permiten ajustar expectativas, calcular tiempos y establecer un presupuesto más realista. En cierto modo, son una herramienta de orientación tanto profesional como humana.

  

Los límites de la prueba de corrección

Sin embargo, existe una idea equivocada bastante frecuente: pensar que una prueba permite conocer por completo el estado de un manuscrito. Una novela es un mecanismo demasiado amplio y complejo como para quedar expuesto en unas pocas páginas.


Por lo general, la mayoría de los autores revisáis (revisamos, que yo también escribo) muchísimo el inicio de nuestras novelas. Es lógico. Son las páginas que más se releen y las que suelen recibir más atención antes de compartir el manuscrito con nadie. Eso provoca que, en ocasiones, las primeras páginas transmitan una solidez que luego no se mantiene en el resto del texto. Los correctores trabajamos sobre una muestra que puede ser representativa o no. Me ha pasado a menudo: empezar una novela cuya prueba requería una intervención mínima y encontrarme, a partir del capítulo cuatro, con un texto mucho más descuidado.


Por otra parte, hay problemas que no aparecen en un fragmento breve y que solo se manifiestan en la lectura completa. Las incoherencias argumentales, por ejemplo, suelen surgir más adelante, cuando las tramas empiezan a cruzarse y el texto debe sostener todo lo que ha prometido al principio. Lo mismo ocurre con personajes que pierden consistencia, ritmos narrativos que se desmoronan a mitad de la obra o capítulos escritos con niveles de escritura muy distintos.


El dilema del corrector

Por eso, no se puede valorar un editing  (una corrección estructural y de contenido) con la lectura de unas pocas páginas. Y si, en una corrección de estilo, a mitad de la novela aparecen problemas argumentales graves que demuestran que el texto aún no estaba maduro, no significa que el corrector haya hecho una mala valoración inicial. Significa, simplemente, que esos problemas eran invisibles en la muestra.


Cuando esto ocurre (y pasa más a menudo de lo que crees en estos tiempos de prisas editoriales), los correctores nos enfrentamos a un dilema: ¿seguimos adelante con la corrección de estilo? ¿Paramos y te avisamos de que hemos detectado incoherencias en el argumento o en los personajes? ¿Ofrecemos cambiar el rumbo del servicio?


Y ahí aparece una de las mayores dificultades de este sistema: con una pequeña parte del manuscrito hay que calcular un proyecto entero. Sobre esas páginas se estiman horas de trabajo, complejidad, plazos y presupuesto. Pero los textos no siempre son homogéneos. Hay novelas que cambian muchísimo a medida que avanzan y eso no puede adivinarse en una prueba breve.


Por eso, cuando durante la corrección aparecen problemas más profundos que no se habían detectado al principio, no significa necesariamente que la prueba haya sido inútil o que el corrector haya valorado mal el texto. Simplemente hay aspectos narrativos que solo pueden analizarse de verdad cuando se lee la obra completa.


Las pruebas de corrección siguen siendo una herramienta imprescindible. Reducen incertidumbre, ayudan a crear confianza y permiten hacer una valoración inicial mucho más precisa que cualquier descripción general del manuscrito, pero hay que tener en cuenta que también tienen límites inevitables. Pero hay que entenderla como una herramienta de diagnóstico inicial y no como una conclusión definitiva.


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Sobre mí

¡Hola! Soy Marian Viladrich, escritora y correctora profesional. 

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