El cajón del escritor: por qué deberías dejar que tu novela repose
- Marian Viladrich

- 26 jun
- 4 min de lectura

Hay autores que me envían su manuscrito recién terminado. Y cuando digo «recién terminado», quiero decir que han escrito la última frase, han guardado el documento y, casi de inmediato, me lo han enviado para corregir (por suerte, no suele ser lo habitual; estoy contando una situación extrema, pero que me ha pasado varias veces).
En parte, lo entiendo. Después de dedicar meses o años a una novela, es normal sentir ganas de pasar a la siguiente fase cuanto antes. Se termina el manuscrito y aparece la impaciencia. Queremos saber si funciona, corregirlo, enviarlo a editoriales o publicarlo.
También me he encontrado a escritores a los que el tiempo se les ha echado encima y tienen una fecha de entrega cerrada con una editorial o un calendario de autopublicación que cumplir. Porque esto de las prisas no es solo algo que hagan autores noveles, que aún están aprendiendo. Lo veo incluso en escritores con varias novelas publicadas. Algunos tienen ya el suficiente oficio como para que el primer texto resulte bastante decente y lo han releído, pasado por lectores beta e incluso reescrito. Es decir, no me llega un texto sin revisar. Pero existe un paso intermedio que muchos escritores pasan por alto y que puede marcar una enorme diferencia en la calidad del resultado final: dejar reposar el texto.
Puede parecer contradictorio. Después de tanto esfuerzo, ¿por qué alejarse cuando la novela está terminada? La respuesta es sencilla: porque somos incapaces de leer con cierta objetividad algo que acabamos de escribir.
Por eso, mi primer consejo antes de que te lances a reescribir, revisar con los lectores beta o incluso contratar una corrección es siempre el mismo: cierra el documento, mételo en un cajón virtual y no toques esa historia durante un tiempo.
Sé que la impaciencia nos puede, pero el período de reposo no es tiempo perdido; es lo mejor que puedes hacer por tu manuscrito. Déjame contarte qué pasa en tu cerebro y en tu texto cuando decides esperar.
La dificultad de corregir lo que acabamos de escribir
Cuando acabas de escribir, tienes la historia fresca en la cabeza. Nuestra mente sigue demasiado cerca de ella y recordamos perfectamente qué queríamos decir en cada escena, cómo imaginábamos a los personajes y qué emociones pretendíamos transmitir al lector.
El problema es que, al releer, no vemos únicamente lo que está escrito: vemos también lo que creemos haber escrito. Si relees tu manuscrito de inmediato, tu mente rellenará de forma automática los huecos de trama y pasará por alto errores, informaciones repetidas, incoherencias o frases poco claras. Nuestro cerebro completará de forma inconsciente la información que falta y suavizará los defectos del texto porque todavía está inmerso en el proceso creativo.
Al dejar reposar el texto, olvidas los detalles pequeños. Cuando regresas a él tiempo después, lees lo que realmente está escrito, no lo que crees que escribiste, y es entonces cuando puedes detectar lagunas de información, contradicciones, cabos sueltos y vicios de estilo.
Distancia emocional para ganar objetividad
Considero que escribir es un acto emocional (al menos yo lo vivo así), pero corregir y editar requiere todo lo contrario: una mente fría, analítica y objetiva.
Si intentas editar al día siguiente de poner la palabra «fin», te dolerá eliminar ese párrafo precioso que no aporta nada a la trama y te costará aceptar que ese personaje secundario tan divertido interrumpe el ritmo del clímax o que esa escena en la que te esforzaste tanto es demasiado larga.
El reposo permite tomar distancia emocional y mental respecto a la obra y eso te dará el desapego necesario para tomar decisiones difíciles y sacar la tijera por el bien de la historia.
¿Cuánto tiempo de reposo es necesario?
Pues no te puedo dar una respuesta única a esta pregunta, porque no existe una regla universal. A Murakami le basta con una semana, según contó en De qué hablo cuando hablo de escribir. Stephen King, en su libro Mientras escribo, recomienda dejar el manuscrito encerrado en un cajón durante un mínimo de seis semanas y, durante ese tiempo, dedicarse a escribir otra cosa o incluso a no escribir en absoluto. Y Joyce Carol Oates ha contado que durante el reposo de una novela escribe varios relatos cortos y otra novela, así que parece que su fase de enfriamiento dura mucho tiempo.
Conozco a escritores que dejan dormir sus textos un mes y otros que los archivan durante medio año. Como ves, no hay una respuesta única. Lo importante es que el tiempo sea suficiente para que, al volver al texto, lo sientas algo ajeno a ti. Si al releerlo recuerdas casi de memoria cada párrafo, quizás todavía necesita volver al cajón un poco más.
El reposo no sustituye a la corrección profesional (pero ayuda mucho)
Como correctora, te aseguro que trabajar sobre un texto que ya ha pasado por un proceso de reposo y revisión por parte del autor se nota. Cuando me llega un manuscrito reposado, el autor ya ha eliminado los priblemas argumentales. Esto nos permite a ambos ir al grano: pulir el estilo, resolver erratas, detectar errores gramaticales y ortográficos… No nos distraen hilos sueltos de trama, diálogos innecesarios o descripciones eternas que frenan el ritmo.
Así que, si acabas de terminar tu novela, ¡felicidades! Celébralo, tómate un descanso o abre un documento en blanco para apuntar ideas nuevas. Tu manuscrito te esperará con paciencia en el cajón a que estés preparado para releerlo.
Y tú, ¿cuánto tiempo dejas reposar tus textos? Si tienes un manuscrito que ya ha salido del cajón y buscas una corrección profesional, escríbeme y lo valoramos juntos.





Comentarios